De las lealtades invisibles

 


Lola T. Arte digital

Cuando iniciamos una relación —de pareja, amistad, familia o trabajo— rara vez advertimos que firmamos un contrato invisible. No está escrito, pero opera con la misma fuerza que cualquier acuerdo legal: normas implícitas, expectativas de lealtad, permanencia y comportamiento. Su trampa es la letra pequeña, esa que nunca leemos. Como diría Michel Foucault, el poder más eficaz es el que no se percibe como tal.

Persistimos en relaciones por inercia, por miedo a la soledad, por compromiso o por la incapacidad de decir no. En ese primer encuentro, aparentemente inocente, una de las partes suele imponer un código relacional y la otra lo acata de forma silenciosa, casi siempre inconsciente. Ambos actúan desde sus heridas: abandono, rechazo, humillación. Quien obedece lo hace desde el miedo; quien impone, desde sus propias carencias. No hay villanos puros, solo biografías no revisadas.

Con el tiempo —y cuanto más tiempo, más evidente— esas normas se vuelven insoportables. Entonces alguien cierra. Lo que no se dijo por temor a incomodar o a quedarse solo, irrumpe de golpe por dignidad y amor propio. Como señaló Sartre, la libertad aparece cuando ya no podemos seguir autoengañándonos.

Al despertar del miedo a la soledad, se comprende algo incómodo: siempre se estuvo solo. Nunca se pudo contar con el otro porque había que respetar sus tiempos, sus silencios, sus límites nunca negociados, pero firmemente impuestos.

Surgen entonces las preguntas inevitables:

¿Qué hice yo para merecer esto? Nada.

¿Por qué tengo que soportarlo? No tengo.

¿Qué pierdo y qué gano? No pierdo nada, porque nunca fue un vínculo recíproco. El gasto fue propio: sostener, esperar, adaptarse. No siempre se es víctima; a veces se participa por intereses conscientes e inconscientes que, al final, asfixian.

Llega el momento de elegir: o hundirse del todo o sacar la cabeza y respirar. Y la conclusión es clara: no se pierde nada y se gana dignidad.

Cuidado con los amiguitos, amigos, los amigotes y los “casi”: todos llegan con mochila y nos juntamos con la ajena y la propia. 

Lola Torres.

Licencida en Filosofía. 

Mentora y Coach Transformacional

www.dolorestorres.com


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